NIÑO CON ROSAS

Sucedió en el recinto de una casa decente.
En el seno de cierta familia
comedida y honesta a través de los años.
Un hogar respetable,
todo se hacía de manera discreta
y el sofá de la sala recogía amoroso
distinguidas visitas
bajo el bello retrato del abuelo ministro.

Nació el niño a su hora.
Correctísimamente.
Con el llanto obligado.
(Quizá un poco más suave de lo que es la costumbre.)
Pero todos lo vieron.
(Se notaba enseguida.)
En vez de ojos, tenía dos magníficas rosas.

Qué cruel desconcierto en la honrada familia.
Se quedaron atónitos.
Con un tanto y un cuanto de terror y vergüenza.
El papá, funcionario, personaje importante
era el más afectado.
Con los brazos en alto hizo malos pronósticos:
«Esta criatura no valdrá para nada.
No entiendo, dos rosas para andar por el mundo…»

Se olvidaban mirándole, se olvidaban de todo.
De lavarle y vestirle.
De ponerle en el pecho.
El seguía llorando por sus rosas. Seguía
dulcemente llorando.

Fue la madre la única, ya un poquito repuesta,
que no hizo aspavientos ni extrañó lo más mínimo.
Tomó el niño en sus brazos, lo meció tiernamente.
Le besó las mejillas.
Le tocó los cabellos.

Sonrió al funcionario. «No te enfades. No es nada.
Es un niño precioso.
Vera cosas divinas.
Olerá a primavera.
Y además siempre es bueno tener rosas en casa».

-Ángela Figuera

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